Me parece que respecto del amor, por ejemplo, se siembra una peligrosa confusión, sobre todo en los más jóvenes (aunque no sólo en ellos), cuando al no sentir en sus parejas lo que se pregona socialmente que se siente cuando se ama a alguien, pierden la capacidad de palpar los sutiles signos del sentimiento y terminan refugiándose en la cárcel voluntaria más visitada en nuestra época: el aislamiento. Lo cierto es que sin importar cuán sociables aparentemos ser, muchas veces, por dentro permanecemos recluidos y en actitud de defensa, en general por miedo a las emociones. Cuando la atracción erótica o su equivalente más platónico, el enamoramiento, aparecen, se rompe por un momento ese aislamiento y nos depositamos en la corriente de algunas de nuestras emociones largamente contenidas. Es ingenuo pretender quedarse allí y peligroso apostar por que todo permanecerá así para siempre, pero es igual de dañino, sin embargo, que por temor a «perder el control» no nos permitamos zambullirnos en la pasión que nuestro corazón y nuestro cuerpo nos proponen. Dicen que «donde la cabeza manda, el corazón sufre» y, ciertamente, en esta época pagamos cara la tiranía de la mente. El temor a perder la cabeza y el miedo al amor se presentan de la mano de cierta necesidad de orden para «demostrarnos» la inconveniencia de comprometernos con la vida afectiva. Entonces nos retiramos y bloqueamos el puente que conduce al amor, y lo erótico y lo pasional, aunque nos los permitamos, se extinguen rápidamente. Entonces decimos lo que hemos aprendido a decir: que ésa no era la persona que buscábamos. Lo peor es que cuando la fuerza de la pasión rompa nuevamente el aislamiento y nos acerque a otra persona, si no hemos resuelto esta tendencia y enfrentado estos temores, volveremos a repetir la historia. De tanto recorrer el mismo camino, sin siquiera enterarnos si de alguna de esas historias podría haber nacido el amor, llegará el momento en que concluyamos que la pasión, como invitación al amor, es una búsqueda infructuosa y terminaremos alejándola también de nosotros. Fragmento del libro Seguir sin Ti – Jorge Bucay y Silvia Salinas Tengo miedo ahora mismo pero creo que ya no del amor, ya no es miedo al daño que el puede hacer, creo que daño es lo que me hizo ser como soy, lo que mejoró mi versión actual y cada golpe me enseñará algo nuevo. Ahora tengo otro tipo de miedo, y es el miedo de que por no abrirme, el amor nunca llegue. A lo que más temo es a tenerlo en mis narices y por no quitarme la coraza, por temerle a la palabra, por no haberme permitido ni siquiera intentarlo, pase por mi lado y nos miremos, ella levante la mano yo la miraría a los ojos, contemplara su figura, su cara, sus muecas y ella con un leve movimiento … me abofetea la cara y me diga despierta estoy aquí, pero yo lo tome como violencia, porque no entienda que es un despertar, y a veces esos despertares duelen. Pero por diferentes puntos de vista, diferentes perspectivas, diferentes etapas en nuestras vidas y debido a eso, solo por eso, no de paso al amor y termine alejándolo. Pero puede, solo puede, que llegue de nuevo a tu vida, intente de nuevo abofetearte y tu sientas el dolor pero en vez de molestarte, en vez de pensar que te hace daño, tomarás su mano (la misma con que te abofeteó) y le darás un beso a esa mano, tus labios sentirán el calor, el calor de la fricción que tuvo con tu cara, y ese calor te consumirá como el sol que consume a la luna, te quitará los miedos, te sentirás protegido, te sentirás iluminado. En ese momento estarán en la misma etapa de sus vidas, y sin la barrera del miedo, lo intentarán y quien sabe, quizás sientan.. El amor. Recomendaciones
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